jueves, febrero 19, 2015

2

Disponía de tres cuartos de hora para vestirme y ir hacia la plaza, o también de un minuto para enviar un mensaje y cancelarlo. Pero por alguna razón que en ese entonces no entendía, sabía que debía ir.
Me puse lo primero que vi encima y salí de casa sin ordenar ni desayunar nada.
A paso ligero llegué diez minutos tarde a aquella plaza, estaba llena de gente, pero él no había llegado aún.
Me senté en un banco con cara de estar enfadada con el mundo y gruñí mirando el reloj. 
Sentí como alguien se sentaba en el mismo banco que yo.
- Llegas tarde, Ariel.- Era la voz sarcástica de un hombre.
Me giré hacia el sentido de aquella voz, me costó reconocerlo, era Ezequiel. Había cambiado tanto, ¿cómo puede ser?
Me sentí avergonzada de mi aspecto en ese momento. Me pasé instantáneamente los puños por los ojos para retirar las posibles legañas y los dedos por el pelo para intentar peinarme.
- ¿Intentas seducirme a caso?- Dijo al darse cuenta de que procuraba estar presentable.
No sabía que responder, me sentía irritada. La barriga me rugió, parecía que había respondido de mi parte. Él se rió.
- No te ilusiones, no he tenido tiempo para nada, ni siquiera he desayunado.- En realidad no era una excusa.
- Te invito a desayunar, que estás en los huesos, enana.- Puso su mano en mi cabeza y empezó a despeinarme cual chucho. 
Se levantó del banco y esperó a que yo también lo hiciera. No me gustaba que me invitaran, me hacía sentir dependiente, pero en este caso ignoré mi orgullo.
Seguí sus pasos hasta la cafetería más cercana de aquel lugar y me senté en las mesas de fuera mientras él pedía el desayuno.

Estaba comenzando a arrepentirme de haber venido. Pensaba en lo tranquila que estaría durmiendo en casa si no hubiera descubierto el mensaje.
Su presencia me incomodaba de alguna manera, me sentía bloqueada y vulnerable.
- Te recordaba más habladora.- Dijo mientras ponía los platos en la mesa.- ¿Ya no me quieres contar tus batallitas?
- No soy la única que ha cambiado, me parece.- Puse toda mi atención en él, observando cada detalle para asimilar que era la misma persona de siempre.
 - Han pasado casi tres años.- Se rió.- ¿Qué esperabas?
¿Tres años? ¿Habían pasado tres años?
Sentí que me mareaba, mi mente no era capaz de colocar ese tiempo en el espacio. Mis pensamientos se bloquearon y no fui capaz de pensar nada más.
- Sí... Que rápido pasa el tiempo.- Forcé una sonrisa. 
- ¿Qué has estado haciendo? Me tenías preocupado.
Empecé a zampar casi con desespero creyendo que así evitaría tener que responder. Era una pregunta comprometida por el simple hecho de que no podía encontrarle una respuesta, o al menos una que no me hiciera sentir incómoda.
Levanté la mirada y me di cuenta de que me estaba observando, sentía que aquella imagen que había creado de mí comiendo como un animal le estaba divirtiendo.
Me sonrojé y limpié mi boca para poder hablar.
- Oh... Pues... No he hecho nada importante. ¿Tú?
- Nada fuera de lo común, hasta hoy.
- ¿El qué?
- Verte a ti, que eres algo muy raro. 
Sonreí por el chiste, si es que se le podía considerar uno.
Mi cara cambió de golpe al ver a alguien. Sentí que me estaba quedando pálida, si era posible estarlo más. Mi corazón empezó a latir con fuerza, casi podía escucharlo. El entorno se volvió más silencioso y el tiempo pasaba más lentamente.
- Eh, no te pongas así, que no lo decía tan en serio.- No le contesté.- ¿Ariel?
Había visto un hombre trajeado de negro con un maletín, era altísimo. Hubiera jurado que no le había visto nunca antes, pero no paraba de producirme una sensación de déjà vu.
De alguna forma empecé a relacionar a aquel hombre con el de mi sueño, y cada vez que lo hacía, el sueño cobraba vida con mayor lucidez.
- Tengo que ir.- Creí que sólo lo había pensado.
- ¿A dónde?
Me levanté de la mesa y localicé a aquel hombre de nuevo.
- ¿Ariel? ¿Dónde?